En el
mundo judío, el primer sábado después de que un niño cumpliera los doce años,
su padre, tutor o ayo, le llevaba a la sinagoga, donde llegaba a ser un hijo de
la Ley. El padre pronunciaba allí una bendición y el niño hacía una oración en
la que declaraba su responsabilidad por sus acciones. Había una clara línea
divisoria en la vida de un joven; como de la noche a la mañana se hacía un
hombre.
En
Grecia, un niño estaba al cuidado de su padre, tutor o ayo desde los siete
hasta los dieciocho años. Entonces llegaba a ser lo que se llamaba un efebo,
que se podría traducir por joven, y estaba dos años bajo la supervisión del
estado. También
aquí el crecimiento pasaba por un proceso totalmente definido.
Bajo
la ley romana, el año en que un niño pasaba a ser un hombre no estaba fijado
definitivamente, pero estaba siempre entre los 14 y los 17 años. En un festival
sagrado para la familia que se llamaba la liberalia, se quitaba la toga llamada
praetexta, que era una toga con una estrecha banda púrpura por abajo, y se
ponía la toga llamada virilis, que era la toga corriente que llevaban los
adultos. Entonces le llevaban sus amigos y parientes al foro, y le introducían
formalmente a la vida pública. Una vez más había un día totalmente definido en
el que el muchacho alcanzaba la categoría de hombre.
Cuando
un chico era menor de edad a los ojos de la ley, podía ser el dueño de una
propiedad considerable, pero no podía hacer ninguna decisión legal, ni estaba
en control de su propia vida; se le dirigía en todo y, por tanto, para todos
los efectos prácticos, no tenía más libertad que si hubiera sido un esclavo;
pero cuando llegaba a ser un hombre, entraba en posesión de su herencia.
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